
Un gran árbol. Ancho, eterno y titánico tronco. Las orquídeas se funden en un abrazo mientras intentan llegar a su copa. Le regalan azucarados perfumes que atraen a abejas y colibríes y muestran orgullosas sus encantos. Abriéndose paso por entre los tallos, trepa la sierpe. En espiral, pasa del norteño, umbrío y húmedo lado musgoso al que esta bañado por pequeños rayos dorados que se cuelan por las copas del boscaje. Su escamada piel emite tenues brillos al deslizarse entre ambas zonas. Alcanza su meta. La serpiente estira y tensa su musculatura; se planta desafiante, frente a frente, ante el más alto de los brotes. La flor se mantiene quieta, inmóvil. Mostrando su interior. El reptil saca su bífida lengua para beber los néctares del jugoso cáliz...
