
Sin muros son las peores. Peor que la fría roca son los barrotes del alma. Te encerraste tras el espejo a la espera de que la madrastra preguntara por su belleza esclavizando tus contestaciones. Detrás de un espejo donde habitan los fantasmas, condenados a la espera de que alguien observe su rostro a la luz de una vela.
Y cuando te ofreció las manzanas elegiste la más roja y brillante a sabiendas de un destino que no querías ver. No recojas un fruto caído del árbol por muy sano que parezca, porque si se desprendió de la rama, puede que no fuera por su madurez.
Besaste ranas negras y amarillas aun intuyendo el poder de su ponzoña. Pero no se transforman por mucho que lamas su viscosa y húmeda piel. La saliva no teñirá de añil el fluido de sus venas.
Frío, calor, contracción y dilatación hace que se habrá la grieta y el espejo se raje de arriba abajo. Y el alma se escapa escurriéndose por los filos como vapor a presión.
No preguntas. No sirve de nada. Sabes las respuestas. ¡Corre al fin!. Y es que una rana no puede evitar, ni dejar de ser lo que es.


