
Acababa de recibir un baño de tibia agua durante el cual la doncella había tenido que aplicarse muy mucho con el paño para conseguir desprenderle todos los restos de barro, suciedad y hojas adheridas a su cuerpo
-¡Pero criatura!.¡Cualquiera diría que han enraizado en tu carne! (había refunfuñado en alguna ocasión)
El chico miraba sin entender ni una palabra…fijamente. De vez en cuando se revolvía y salpicaba el agua de la tinaja en la que estaba sumergido, emitiendo gruñidos que atravesaban unas cuerdas bocales paralizadas por el desuso o, mejor dicho, acostumbradas a vibrar tan solo para aullar y crear algo parecido a ladridos. Olisqueaba todo lo que se acercaba mínimamente a su nariz. La chica frotó tras las orejas, el cuello, entre los dedos, en las marcadas costillas…Se aplicaron en la limpieza de unas uñas largas, duras, que albergaban restos de tierra y sangre reseca.
-¡Dios bendito!...¡Si estas en los huesos!
No debía de tener más de seis o siete años. Durante todo ese tiempo tan solo había conocido una familia, su clan de lobos. Unos lobos que le habían adoptado y cuidado desde que una noche le encontraron abandonado en la espesura del bosque, llorando desconsolado, desnudo, sentado sobre las frías y húmedas hojas secas, con el cuerpo lleno de cardenales.
Ahora se encontraba en el centro de la sala, sentado en un sillón del que colgaban sus escuálidas piernecitas. Miraba a su rededor con sus negros ojillos vivaces, sorprendidos, algo temerosos. Su cuerpo estaba cubierto por un camisón de algodón sobre el que contrastaba una larguísima y negra cabellera totalmente enmarañada, llena de nudos y en la que el trabajo cualquier cepillo hubiera sido vano. La mejor opción era cortárselo. De esta manera, además de adecentarle, se eliminarían todos los parásitos que campaban a sus anchas. En ese momento se abrió la puerta de la estancia, y apareció el barbero que había sido avisado para que realizar su labor.
-¡Pues si que vamos a tener trabajo!-exclamó al verle
El niño dirigió su mirada hacia él, subió las piernas al asiento y se acurrucó. El señor barbero se arremangó, dispuesto para comenzar la tarea, y sacó de uno de sus bolsillos unas tijeras que resplandecieron al contacto con los rayos de sol que entraban por el ventanal. Al ver el objeto que tenía en su mano el pequeño salvaje emitió un grito, y con una agilidad felina saltó sobre el hombre mordiéndole la mano. Ni el dueño de la casa ni la doncella consiguieron atraparle antes de que se deslizara por la puerta que habían dejado ligeramente entreabierta...
Esa noche el niño veló los cuerpos de su familia bajo el plateado abrazo de Selene. Una familia masacrada por unos animales que andaban a dos patas, que emitían extraños ruidos para comunicarse, y que con trampas, “palos de trueno” y “colmillos brillantes” los habían dado muerte y arrancado la piel. Y aulló como si rezara por sus almas…Por que los lobos también tienen alma.


