
Y transcurrieron mil años tras mil años. La combustión se iba reduciendo a medida que todo era reducido a las simples cenizas. Nada. Un cielo rojo viciado por las nubes negras. Un paisaje prácticamente llano de un tono gris. Un sol oscuro. Su figura vacía, escuálida por la falta ya de todo sustento a causa del transcurrir del tiempo y su gran voracidad. Decrépito y con la piel ajada, reseca, agrietada…como el terreno que se extendía bajo sus garras. Pese a su aspecto deplorable mantenía un cierto aire solemne, grandioso, regio.
De entre las fisuras producidas en su dermis comenzaron a surgir pequeñas formas alargadas que se agitaban y retorcían, alargándose, encogiéndose en su desplazamiento hacia el exterior. Él se mantenía insensible mientras las larvas se desprendían cayendo al suelo o se prendían a su agostada carne mientras la devoraban. Bullían por toda su complexión como el agua en el punto de hervor. Acabó siendo completamente consumido. Tan solo quedaron los restos de una blanca osamenta cubierta en algunas zonas por jirones de cuero y la amalgama agusanada convulsionando.
Entre los despojos se crearon dos costras en forma de vainas, una blanquecina y otra rojiza. Y cuando el tiempo de fragua fue el conveniente se abrieron como fruta madura. De la vaina blanca surgió Pasiune y de la roja Viata.
La visión mutua provocó que se unieran en un beso. Del calor de su caricia el vapor de sus transpiraciones que le elevó a los cielos impregnando los oscuros nubarrones. Y de ese beso cálido nació Apa-Ploaie que se extendió a los confines del hasta ahora yermo terreno…

































