
Érase una vez, permitidme contaros lo que vi, un lejano país ayén de los mares. Y en ese país encontrábase, en su lejano centro, un castillo...Y en ese castillo, de un lejano reino, en un inmenso país, más allá de los límites del mundo había un jardín como vuestras mercedes jamás de los jamases pudieran llegar a imaginar. Sin duda alguna pudiera afirmarles que en él se hallaban las más bellas flores con los perfumes más embriagadores. Mas en el núcleo de ese paraje de reposo y recreo para los sentidos se alzaba la más rara de entre todas las raras especies que allí se encontraban. Había una rosa negra como la noche cerrada. Si, como ya he enunciado, se trataba de un prodigio entre los prodigios, sus aterciopelados y oscuros pétalos contenían una particularidad aun mayor...En su corola podíase apreciar dos manchas escarlatas. Y hete aquí, damas y caballeros, que esas marcas parecieran dos gotas de sangre caídas accidentalmente por un corazón herido...



