
…Silencio. Tan solo se escuchaba el sonido del ardiente viento y el crepitar de las llamas. De repente la figura comenzó a descender por el montículo de restos cabeza abajo hasta llegar al suelo. Se alzó en sus miembros traseros, como una torre, y orientando la nariz hacia el cielo como un perro del infierno, comenzó a olisquear el aire que le llegaba mientras mantenía los ojos cerrados. Derecha… izquierda… arriba… abajo….describiendo círculos con su testa. Se detiene bruscamente y retiene la señal que le ha quedado. Con la cabeza alzada abre los ojos y los enfoca en el sentido donde le había llegado la señal olfativa que buscaba, y es que ciertas almas tienen un aroma especial. Aun quedaba algún superviviente. Patética sombra de lo que habían sido en vida, suplicaban con la mano alzada piedad entre llantos desconsolados. Una caridad que jamás habían tenido a bien mientras disfrutaban de esos bienes terrenos conseguidos desde la codicia, la ambición y la avaricia. Y la fría mirada de la bestia se clavaba estática e impasible en ellos. Abrió sus mandíbulas de par en par para apresar esos cuerpos sacudiéndolos con fuerza entre sus dientes hasta esparcir sus agónicos restos por todo el terreno. Por su barbilla chorreaba la sangre y escupió la carne junto con los machacados huesos que quedaban entre sus fauces. Ya había extraído lo que verdaderamente le nutria. Esas ánimas infectas, podridas, agusanadas, descompuestas, ulceradas, negras y egoístas que en su momento habían considerado haber hecho un buen pacto con él y que ahora, y durante absolutamente toda la eternidad, se encontraban incluso sin la posibilidad del arrepentimiento. Si el dolor fue grande en la agonía anterior a la muerte…Se iba a multiplicar en la infinitud…



















