
No conservo obras mías debido a que, por lo general, trabajo por encargo. Son poquísimos los trabajos propios que tengo en mi poder. La gente llega y me dice "quiero esto" y ahí queda poco lugar a la iniciativa propia, aunque por supuesto se puede decir que todos llevan mi "sello" y toque personal. Son trabajos que aunque a primera vista parezcan sencillos resultan laboriosos y complicados, hay que armarse de paciencia y, desde luego, te tiene que gustar hacerlo. Por lo general estoy concienciado y me hago a la idea de que, una vez finalizado, serán escasísimas por no decir ninguna las ocasiones en que pueda volver a disfrutar de sus visionados.
Sin embargo hubo una especial. Una mañana, recién abierto mi local de trabajo, entró una hermosa dama. Me explicó que llevaba tiempo con ganas de tener una de mis obras e indicándome unas directrices generales de lo que quería, me dio carta blanca para su realización. Era algo grande, minucioso...un trabajo que me entusiasmó desde ese mismo instante y consideré que pudiera ser mi "opus magna".
Me embebí en el proyecto realizando multitud de bocetos con la idea base. Día y noche, en el momento que mis otros pequeños trabajos me dejaban un minuto de libertad creativa cogía los lápices y las acuarelas y me dedicaba a emborronar hojas y hojas hasta que di con la idea que me llenó por completo. Entonces y solo entonces me decidí a mostrárselo a mi cliente. Al enseñárselo me sentía como un colegial el día de examen y los nervios por ver su reacción me reconcomían. Pero un alivio llenó mi espíritu al contemplar la sonrisa y el brilló en los ojos que surgieron en el rostro de ella. Parecía tan entusiasmada como yo. No dudó ni un momento y aprobó mi creación, así que tan solo quedaba ponerse manos a la obra cuanto antes.
A medida que iba ejecutando mi creación, lejos de sentirme más relajado, mi ansia se acrecentaba. Se apoderó de mi un afán de perfeccionismo y lo realicé con gran mimo. Así fueron pasando unas jornadas de trabajo intenso aunque mi cuerpo no era consciente del cansancio debido a lo extasiado que me encontraba en la labor... pero llegó el día en el que lo di por finalizado. Se fue... y con su ida llegó mi desasosiego.
Comencé a sentir que me faltaba algo, que toda la pasión que había volcado realizando mi trabajo se había ido con él. Me encontraba incompleto. De tal modo me sentía que cuando volvió a aparecer por mi estudio a los quince días le planteé la posibilidad de recuperar ese fruto de mis manos y mi alma que ahora se encontraba en su poder. ¡Ella se negó en rotundo!... y yo le suplicaba casi entre lágrimas, pero cuanto más insistía yo, más me trataba ella de loco. Al final... bueno,jajajajajjajajajajaja, digamos que logré "convencerla"...
Tuve que tratar convenientemente el "lienzo", ya que lo trasladé de su soporte original a un bastidor. En cierto modo volví a recordar tiempos en los que me encontraba en prácticas, ya que desde entonces no había vuelto a hacer algo parecido. Lo tensé con sumo cuidado sobre el armazón para que no se deformara lo más mínimo y di los productos oportunos para asegurar su permanencia y protección. Lo colgué en mi cuarto... un lugar en el que pudiera disfrutar de su continua observación. Por las noches me duermo hipnotizado por su visión cuando mis párpados no pueden más y se cierran a plomo....


