
Una tenue luz entraba por la ventana cuando se incorporó, sentándose sobre la cama, como un resorte. Se encontraba empapado en su propio sudor. Un ardor por todo su cuerpo pareciera generarse en lo más profundo de sus entrañas. Tan grande era ese calor y malestar que comenzó a arrancarse el pijama que le cubría. Ante la quemazón y sudoración excesiva se echó mano al rostro, percatándose de que el líquido que transpiraba su piel era cada vez más espeso, como una gelatina o tal vez una especie de baba. Poco a poco este fue solidificándose al contacto con el aire hasta llegar a convertirse en una membrana que envolvió todo su cuerpo. A su vez empezó a sentir un agudo e insoportable dolor en todos los huesos que se alargaban, se acortaban, se ensanchaban e incluso algunos parecían dislocarse entre chasquidos, crujidos y crepitares. Los ruidos emitidos por su anatomía quedaban apagados por los gritos de angustia que emitía. Además del sufrimiento que le estaba produciendo esa transformación ósea sintió como si miles de agujas intentaran atravesar su epidermis para salir hacia fuera. El vello comenzó a brotar de manera desmesurada y a una velocidad completamente anormal. Los ojos inyectados en sangre, la mandíbula desencajada mientras los dientes se agrandaban y agudizaban entre las sangrantes encías, las orejas recolocándose y alargándose. Entre las convulsiones, la zarpa desgarró la placenta derramando todo el líquido que contenía, liberando su nueva forma cubierta de empapados y chorreantes mechones. Gruñidos y aullidos rasgaron el silencio como las nubes rasgaron la luna...


