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jueves, 26 de noviembre de 2009

EMPAREDADA


Observaba como alineaban piedra tras piedra para cubrir lo que, hasta el momento, había sido la entrada a su aposento. Instantes antes ya se habían ocupado de ocultar los ya escasos rayos de sol que entraban en ese atardecer por el balcón de la estancia. Colocaron la argamasa que fijaría la última roca ante su hierática mirada. No se había arrepentido ni se arrepentiría jamás pese a que su agonía sería mucho más larga que la de sus cómplices que expiaron sus pecados con las purificadoras llamas de una hoguera la noche anterior. De esta manera se quedó sumida en la más absoluta oscuridad.
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Escuchó un sonido. Algo metálico era levemente arrastrado por el suelo. Fue entonces cuando se percató de que debía haber comenzado un nuevo día. Al girarse vio como introducían un plato con algo de comida y agua por un pequeño hueco que había a ras de suelo, en la empedrada puerta. Sí, debía ser un nuevo día porque por el mismo agujero que los alimentos, entraba un furtivo y mínimo haz luminoso.
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¿Cuánto tiempo había pasado?. Ya no podía calcular los intervalos transcurridos por la llegada de la comida diaria. Llegó un momento en el que el tránsito de escuálidas escudillas se había vuelto anárquico. De vez en cuando entraba alguno, pero incluso eso dejó ya de ocurrir. En un rincón se amontonaban cuencos resecos con migajas enmohecidas que aprovechaban las larvas, esas mismas larvas que una vez mutaban a su estadio adulto invadían la sala rompiendo el silencio con su zumbido. Tal era su hambre que, en alguna ocasión, alguna rata despistada había ido a dar con sus patas en aquella estanca antecámara y ella, con la sombra que habían percibido sus dolorosamente dilatadas pupilas, consiguió dar caza y muerte tras la primera dentellada...
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Frío y humedad. Lo que antes habían sido ricos ropajes, ahora se habían convertido en exiguos trapos que apenas cubrían su famélico cuerpo. Echaba de menos el calor del fuego que antaño brillaba en el hogar de esa alcoba. Atrapó uno de los muchos piojos que recorrían su largo y enmarañado cabello y rápidamente lo introdujo en su pútrida boca. Rascó su llagada piel mientras escuchaba atentamente intentando averiguar el origen exacto de un ligero ruido que vino desde su derecha. Al oírlo más cerca, salto en la dirección de donde venía...pero a destiempo. El roedor en esta ocasión se le escurrió de entre las manos no sin antes morderle la mano. Lanzó un alarido y chupó la herida para no perder ni una gota de la sangre que brotaba entre su dedo índice y pulgar. Por un momento recordó aquellas otras gotas de su doncella. Aquellas gotas que salpicaron en ese mismo lugar con las que se podría decir comenzó todo. Cerrando los ojos las paladeo como lo hiciera en esa ocasión...
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Plic...plic...plic...El soniquete hizo que despertara de su letargo. Se arrastró hasta donde entendía que procedía y comenzó a tentar suelo y muro. Por lo que su memoria llegaba a recordar, esa parte era antes la balconada y, sin ninguna duda, debió quedar alguna grieta al taparla. La fisura permitió el paso de unas gotas de la torrencial tormenta que debía estar descargando fuera. Debía de ser fuerte y persistente el aguacero ya que, aunque no se había percatado hasta ese momento que comenzó a gotear, la pared estaba húmeda, resbaladiza y babosa al tacto por lo que parecía ser musgo. Acercó la cara a la piedra y comenzó a lamerla con ansia para mitigar mínimamente su sed. ¡Al fin un poco de agua!... Nada le importó el sabor que pudiera tener después de haber estado sobreviviendo con la sangre de los animales que caían en sus garras...e incluso con sus propios fluidos...
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Ya no sentía apenas el gélido suelo, alfombrado de excrementos, sobre el que se encontraba echada. En parte también se debía a que su piel había perdido sensibilidad por la infección de las numerosas pústulas. Los pies habían servido de improvisado ponedero para algunas de las moscas que habitaban a su alrededor y los huevos ya habían eclosionado. Se levantó y caminó un poco guiándose con las manos y tomando como referencia las paredes. Mientras algunos gusanos caían al suelo convulsionando cual animadas miguitas dejadas en un camino. la fiebre y el delirio se apoderaban de su cuerpo y mente.
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Se quedo sentada en una de las esquinas, acurrucada con la espalda apoyada en las convergentes paredes. La mirada perdida en oscuras hendiduras asomaba a duras penas entre los desgreñados pelos. Sus largas uñas astilladas se apoyaban en la comisura de los agrietados y resecos labios....

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21 de agosto de 1614: La Condesa Erzsébet Báthory estaba muerta después de haber pasado cuatro largos años emparedada. Al tirar el empedrado encontraron una atmósfera cargada y nauseabunda. En la oscuridad se apreciaba un bulto inmóvil apoyado en la pared. El pellejo se había acartonado recubriendo los huesos, tomando el aspecto de cuero salvo en las partes que habían permanecido en contacto con la pared y el suelo que tenían una apariencia acerada. La cuencas de los ojos estaban vacías y en su vientre se apreciaba un hueco abierto por los animales que la habían aviscerado, esos mismos seres vivos que la habían permitido ir sobreviviendo acabaron por devorarla como si de una venganza se tratara.

Pretendieron enterrarla en la iglesia de Čachtice, pero los habitantes locales decidieron que era una aberración que la "Señora Infame" fuera enterrada en el pueblo, y además en tierra sagrada. Finalmente, y como era "uno de los últimos descendientes de la línea Ecsed de la familia Báthory, la llevaron a enterrar al pueblo de Ecsed, en el noreste de Hungría, el lugar de procedencia de la poderosa familia. Todos sus documentos fueron sellados durante más de un siglo, y se prohibió hablar de ella en todo el país...