martes, 19 de enero de 2010

EL ARENAL



Transcurría el año 1526 de nuestro señor. Hacía ya algunos días que habíamos partido del puerto de La Habana cuando, una noche ,la mar se hizo brava como nunca antes la había visto en ninguno de mis ya numerosos viajes, zarandeando nuestra nave como si fuera un cascarón de nuez. Era prácticamente imposible mantenerse en cubierta sin estar amarrado. Aún así alguno de los marineros cayó por la borda , incluso la tormenta y el fuerte viento acabaron por arrancar los dos mástiles de la embarcación con sus zarpazos pese a haber recogido las velas. El resultado fue, sin haber cejado ni un instante de invocar la misericordia divina por nuestras vidas, que el patache sucumbió ante la rabia de la desatada naturaleza, siendo la tripulación arrojada al mismísimo centro de la nada...

No se como. A la mañana siguiente me desperté varado en una playa con mi cuerpo enredado en una soga que me unía a un trozo de bauprés y cubierto de arena y algas. Magullado y con todos los huesos de mi cuerpo machados y doloridos me incorporé. Echando una ojeada a mi rededor aprecié que llamar "isla" al lugar en el que me encontraba sin duda era un alago. No se podía calificar ni tan siquiera de "islote". Había ido a parar a un banco de arena donde la vegetación era escasa, casi nula. estando analizando el entorno aprecié como a lo lejos se acercaban dos personas a los que reconocí, tras colocar mis manos en la frente cubriendome del cegador sol, como compañeros de viaje y naufragio. Fue grande mi dicha mas, al llegar al encuentro, aprecié que uno de ellos estaba bastante mal herido...no duró muchos días. A la tercera jornada tuvimos que darle sepultura de la manera más cristiana posible en aquel lugar olvidado de la mano del todopoderoso.

Pájaros, peces, cangrejos, moluscos y alguna que otra tortuga fueron nuestro alimento en los meses posteriores y todo en muy pobre cantidad. La sangre de esas tortugas y el agua de lluvia recogida en sus caparazones conseguían que no nos deshidratásemos. Construimos con rocas y restos de coral un refugio que servía a su vez como pequeña torre de vigilancia y emisora de señales de humo a la espera de la llegada de ayuda. De esta manera transcurría jornada tras jornada, desde que el sol aparecía por el horizonte hasta que volvía a esconderse para resurgir de nuevo, entre búsqueda de alimentos, restos de naufragios, mantenimiento del fuego, reconstrucción del habitáculo y vigilancia del horizonte.

Después de unos meses, no sabría decir con certeza cuantos exactamente, nuestros ropajes habían sido ya consumidos por el uso, el calor y la humedad, e incluso hicieron las veces de yesca para encender y mantener el fuego. La piel de nuestros cuerpos se hallaba ya curtida por el efecto del sol, sumado al salitre acumulado en los poros.

En raras ocasiones conseguimos divisar a lo lejos algún bergantín, urca o galeón, pero por más que nos desgañitábamos, saltábamos e intentábamos llamar la atención de los marineros que en ellos navegaban, ni apreciaban el humo de la hoguera ni mucho menos a nosotros, lo cual resultaba harto frustrante. Una de esas oportunidades, encontrábase mi compañero de desgracia encaramado en lo alto de la construida atalaya cuando, tras uno de los saltos la piedra en la que apoyó sus pies se tambaleó perdiendo el equilibrio y cayendo con tan mala suerte que se rompió la crisma....y entonces quedé completamente solo.

Sin embargo, pese a no volverle a tener como amparo, gran parte de la posibilidad de supervivencia se la debo a él. ¡Qué Dios me perdone!, pero la necesidad era acuciante. Cogí el cuerpo de Joseph, lo limpié y lo troceé de la manera que mejor lo pudiera conservar. Parte de su carne la corté en tiras, las ensarté en palos y las acerqué al fuego para ahumarla. Otras partes simplemente las sequé al sol y para otras recolecté sal enterrándolas en ella dentro de la torreta para su curado...

Alrededor de diez días después avisté una embarcación que por la cercanía a la que pasó fue capaz de ver la fina columna de humo que ascendía desde el albergue rocoso. En breve se aproximó uno de los botes con el capitán, un par de almirantes y algunos marineros. Llorando por todos los sentimientos que me afloraban pregunté, a duras penas, en que año estábamos..."En 1534 señor" me contestaron... Paradojas de la vida...Ocho años habían transcurrido y Joseph se quedó tan solo a diez días de vencer en esta lucha por la supervivencia...aunque le llevaré siempre conmigo...



Basado en el naufragio de Pedro Serrano

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Cachissss..... con lo q me estaba gustando hasta casi el final.... jajajajajaja (...es q me das mucho miedo Kala, pero me hago la valiente y sigo...)

MIL BESOS ESTUPENDAZO !!!!!


(algun dia un cuento "sencillito" ok¿?. aguuuuuur


MER

SilviA dijo...

Cierto... siempre lo recordará, no tengo la menor duda...
cualquiera se va a una isla desierta con estas compañías jeje..

Besos

ana dijo...

JODER ME HA ENCANTADO.

PERO TIENE NARICES LAS COSAS, SE PREPARA LA COMIDITA PARA QUE LE DURE Y LE RESCATAN.

HANNIBAL... OTRA VEZ SERÁ JA JA JA JA JA JA

MUCHOS BESITOS DIABLOOOOOOOOOO