
Su pecho albergaba una semilla, dura por fuera y llena de cicatrices pero henchida de sentimientos. La sacó, envolviéndola en gasas y tules, para guardarla en un pequeño cofre tallado a base de experiencias. Cavó un hoyo en el suelo, en el pequeño claro del bosque y lo enterró ofrendándoselo a la Madre Tierra, que lo acogió con agrado. Los cuidados de esta, sumado a las lluvias y el cálido sol hicieron que, tímidamente, comenzara a emerger un pequeño tallo. Y el pequeño tallo creció tan fuerte que sus raíces se clavaron en la tierra resquebrajando las rocas y terruños buscando el líquido vital. Y sus ramas se alzaron hasta conseguir tocar las nubes que surcaban el cielo azul. Sus hojas esmeralda se cubrieron de flores de anaranjados tonos y dulces aromas. Y desde cualquier lugar de la arboleda, si se miraba hacia el firmamento, se veía la copa meciéndose con la brisa. Una brisa que, al pasar jugueteando entre sus hojas, susurra bendiciones y alabanzas.


